Jornaleros ancianos del sur de California la pasan peor

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Pobres, sin pensiones y carentes de atención médica, hay jornaleros que siguen activos en la tercera edad a pesar de los achaques.
Jornaleros ancianos del sur de California la pasan peor
Luis González (izquierda) y Francisco López son jornaleros en la tercera edad (FOTO: ISAÍAS ALVARADO / LA OPINIÓN)

De cariño le dicen “Panchito”, y hace un tiempo dejó de levantar el brazo cuando se acercan camionetas a un centro de jornaleros en Pomona. Por su frágil apariencia son pocos los que le ofrecen empleo.

“Panchito”, cuyo nombre es Francisco López, tiene 90 años y aún depende de su labor para ganarse el pan de cada día. Al igual que sus compañeros, el anciano llega de madrugada al centro, aunque sabe de antemano que es probable que caiga la tarde sin que lo lleven a trabajar.

“Me contratan poquito, tres horas, poquito. Antes sí, mucho, toda la semana, hasta en domingo”, dice López, cuyo limitado dominio del español confirma su origen amusgo, una etnia indígena de Guerrero.

Quien era su único apoyo en Pomona, su hijo, vive ahora en Tijuana porque lo deportaron. Por eso, López, nacido en Xochistlahuaca, duerme ahora en un albergue del Ejército de Salvación y pasa la mayor parte del día en el Centro de Jornaleros de Pomona.

 

Francisco “Panchito” López, de 90 años, hace labores de limpieza en el Centro de Jornaleros de Pomona
Francisco “Panchito” López, de 90 años, hace labores de limpieza en el Centro de Jornaleros de Pomona. (Isaías Alvarado/La Opinión)

A la buena de Dios

Sin un estatus migratorio, pensión, cobertura médica o familia, hay jornaleros que siguen activos en la tercera edad. Si para los jóvenes es difícil emplearse, lo es todavía más para los ancianos, porque son más lentos, se cansan más rápido, están enfermos o incluso tienen problemas de movilidad y visión.

“A la edad de uno no fácil te dan trabajo”, comenta Luis González, un jornalero de 73 años que a diario compite por trabajo con hombres a los que le triplica la edad.

No hay una cifra precisa de cuántos de los más de 117,000 jornaleros que cada día buscan empleo en este país son de edad avanzada, pero Pablo Alvarado, dirigente de la Red Nacional de Jornaleros (NDLON), coincide en que éstos ganan incluso menos que el promedio, unos 15,000 dólares anuales, según un estudio que en 2006 elaboró la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).

“Cuando ven que no se los llevan a trabajar, los otros les ceden su lugar”, señala Alvarado.

 

Francisco “Panchito” López, un indígena de Guerrero, ha sido albañil la mayor parte de su vida
Francisco “Panchito” López, un indígena de Guerrero, ha sido albañil la mayor parte de su vida. (Isaías Alvarado/La Opinión)

Los compañeros de López son su familia, dice el anciano. “Me traen comida, a veces me dan dos dólares. No pido, ellos me dan”, aclara el guerrerense.

La única oportunidad laboral que le ofrecen a López, quien llegó a Estados Unidos hace más de 30 años, se limita a recoger ramas cuando una empresa de jardinería se acerca buscando mano de obra. Pero eso equivale a no más de cuatro horas de trabajo cada semana.

“Uno no puede competir con muchachos de 20 años, es muy difícil. Hace uno ciertos trabajos, pero no a la misma velocidad”, señala por su parte González, nacido en Guanajuato y quien desde 2004 trabaja como jornalero.

Experiencia desaprovechada

Luis González (izquierda) y Francisco López, en el Centro de Jornaleros de Pomona
Luis González (izquierda) y Francisco López, en el Centro de Jornaleros de Pomona. (Isaías Alvarado/La Opinión)

 

Benjamín Wood, organizador del Centro de Jornaleros de Pomona, comenta que es un reto convencer a los empleadores de que la mano de obra de los ancianos es útil.

“Quieren a alguien joven, fuerte, que le eche muchas ganas y aunque los más grandes sean muy dedicados y conocedores de sus oficios no se prestan mucho a contratarlos”, explicó Wood.

El sueño más grande de López o “Panchito” es regresar a su amado Guerrero y quizás poder beneficiarse de la pensión que ganó allá por los años que trabajó en una constructora.

“Me estoy preparando para llegar a México”, dice con una sonrisa que muestra los pocos dientes que le quedan. “En Navidad me regalaron una chamarra nueva, todo eso me voy a llevar a México”.

 

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